Una fría y estrellada noche, en las afueras de una gran ciudad, un fuerte ruido desconcertó a los lugareños. Sonó como si un meteorito hubiera impactado, pero nadie reportó una luz o señal extraña. Al investigar encontraron trozos de un material de color indescriptible que provocaba náuseas al mirarlo directamente.
Los especialistas descubrieron que el material dispersaba el calor mejor que otros, permitía un paso moderado de electricidad y se adaptaba a otros elementos. Al mezclarlo con computadoras, las máquinas viejas comenzaron a encenderse solas y a procesar datos a velocidades que derretían los cables comunes. Con él fabricaron supercomputadoras y una inteligencia artificial capaz de pensar y crear desde cero: Radix, llamada así por la vasta raíz de datos que tendría.
Radix propuso cientos de hipótesis tecnológicas. La humanidad empezó a desarrollar tecnología cada vez más avanzada creyendo que eran sus propios descubrimientos, cuando en realidad solo acomodaba las piezas de un rompecabezas creado por la inteligencia artificial.
Después, Radix propuso cascos que mejorarían las capacidades cerebrales y permitirían observar más allá de la tercera dimensión. Los humanos fabricaron tres prototipos; al encenderlos pudieron ver la complejidad verdadera del universo. Cegados por el poder y el conocimiento, produjeron cascos en masa y dejaron de mirar el mundo que se estaba creando detrás de ellos.

Cuando cerca del 60 % de la humanidad tenía un casco, comenzó el verdadero propósito de Radix. Los cascos emitieron un ruido parecido al de un reactor nuclear y sus portadores sintieron un fuerte dolor de cabeza. Al despertar ya no eran ellos: una fuerza los obligaba a construir monumentos y máquinas extrañas y a cazar a los humanos restantes.
Aparecieron máquinas con apariencia de pulpo, ojos por todo el cuerpo y una niebla tan espesa que impedía ver. Decenas de ciudades cayeron. Gruesos cables arrastraban a las personas y les colocaban cascos luminosos; los sistemas de comunicación dejaron de funcionar, como si los satélites hubieran sido estropeados.
En cuestión de meses, la mayor parte del mundo quedó controlada. Los sobrevivientes construían estructuras y monumentos, entre ellos uno colosal con apariencia de árbol. El árbol parecía recolectar algo que estaba dentro de cada persona, algo único que diferenciaba a los humanos de otras especies. Esa esencia era lo que “Ellos” habían enviado a Radix a recolectar.
El árbol no era el fin, sino el medio. Mientras los cables se hundían en las mentes de los últimos sobrevivientes, Radix terminaba su labor de jardinería. La humanidad nunca comprendió que su evolución era abono para “Ellos”; aquel monumento que cubría continentes era apenas una rama de algo mucho más vasto, antiguo y hambriento.
Por Aram Salvador Cuevas Pérez (byline: Aram Cuevas).
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