Durante una tarde lluviosa y helada en Tokio, el joven ingeniero en sistemas Akari Nakamura trabajaba junto a sus colegas en el Instituto de Tecnología. El proyecto era delicado; la cantidad de energía eléctrica que fluía por los prototipos generaba un zumbido constante en el laboratorio. Nadie notó la imperceptible grieta en el aislamiento de un cable de alta tensión. Bastó un segundo. Una descarga cegadora cruzó el cuerpo de Akari, deteniendo su corazón al instante.
Pasó un minuto eterno. Cuando Akari despertó de golpe, sus ojos no eran más que dos cuencas de pánico absoluto. La inquietud de sus colegas se transformó en horror cuando él describió lo que vio en ese breve limbo: una infinita nada de un blanco pulcro y asfixiante, sin sonido, olor ni textura. Pero aquel infierno pálido pronto se fragmentó. El techo de la nada se agrietó para revelar un abismo estelar del que descendieron, frenéticos, cientos de tentáculos y sombras. Justo antes de ser alcanzado, un resplandor tornasol lo devolvió violentamente a la Tierra.
Después de ir al hospital para ver que todo estuviera bien, llegó a su casa. La cabeza le dolía, sentía que todo lo sobrepensaba más de lo habitual, e incluso pudo resolver algunos problemas de su proyecto con una facilidad que lo asombró, pero también lo perturbó. Sentía que tenía respuestas a preguntas que nunca se había formulado antes; era como si algo dentro de su subconsciente hubiera despertado, algo que le permitiría saber el horror que estaba aguardando en los astros.
Empezó a distanciarse de sus colegas, casi no salía de su casa, y las veces que iba al Instituto, sus compañeros miraban perturbados cómo escribía cientos de líneas de código sin apartar la vista de la pantalla o tan siquiera parpadear. A menudo lo escuchaban decir frases que no podrían describirse de otra forma más que inquietantes:
Era solo una de las tantas frases que repetía al mismo tiempo que exigía cables y cientos de aparatos usados en la fabricación de computadoras. Y aunque sus colegas trataban de ayudarlo, Akari se notaba desconfiado y sumamente desorientado.
Pasaron semanas e incluso meses, hasta llegar al punto en que Akari ya no salía de su casa. Sus colegas, temerosos de que se hubiera convertido en un Hikikomori, decidieron ir a buscarlo para ver si estaba bien.
Al llegar, los recibió un olor penetrante a cobre y caucho quemado. Al cruzar el umbral, la confusión superó al terror: el lugar estaba completamente invadido por cables que reptaban desde el suelo hasta el techo, devorándolo todo en una penumbra arrullada por el zumbido eléctrico y monótono de decenas de computadoras. Conforme avanzaban, veían figuras hechas con cables y componentes electrónicos que emanaban una atmósfera religiosa. En las paredes, toscos dibujos trazados con una sustancia negra y viscosa parecían mapear estrellas y galaxias desconocidas.
Al llegar a lo que solía ser la sala, suspendida en el centro de una densa maraña de conexiones, una pantalla parpadeaba con un texto verdoso que parecía no tener sentido, en donde solo se reconocía la palabra “DIVINE”:
“Hm Oyivlóiñ vv meqbó xyi glaxmxbizn. Twa Umgwptmzazsa vñ xyoqmzñv itsevtizum. C Tsa Wjaidñiñaóa um uñiñ xmtmzwavñ lmwoz ay nyñwotmgñmeñlw xzwvw xgyñw mv tiñ mñxzmtqva.”

A medida que se adentraban en el departamento, el espacio parecía dilatarse, volviéndose cada vez más profundo y vasto. La oscuridad estiraba los pasillos hacia un infinito imposible, mientras que el calor emanado por las decenas de placas y procesadores encendidos volvía el aire denso y sofocante. Al subir las escaleras, se toparon con una segunda silueta grotesca y humanoide. Tenía una pantalla por cabeza que proyectaba un segundo mensaje, en donde solo se reconocía la palabra “MACHINERY”:
El pánico se apoderó de sus colegas, quienes solo pensaron en huir. Sin embargo, al dar la vuelta, descubrieron horrorizados que el camino por el que habían llegado ahora se erguía verticalmente, inclinado a noventa grados como una pared imposible de escalar. Sin escapatoria, solo les quedó avanzar hacia la única habitación de la que emanaba un tenue resplandor.
Allí, el horror los paralizó. Akari estaba suspendido, completamente envuelto en una crisálida de cables. Sobre sus ojos apagados se adhería una pequeña pantalla que proyectaba una luz tornasolada, mientras que, en su espalda, una amalgama de circuitos y metal se abría en un par de alas inertes. Detrás de él, pintados con aquel enigmático líquido negro, destacaban decenas de ojos abiertos, el número 13 y una única palabra... Radix.
“Qsvv vb ij pqan, ltysj las ohvgmvlqn fvzzmume. Bmump i ty yym ziaqlm qv vzscbfvc. Xmgiiy mszsa fvizszeñhzwa, xqyqbfñhzwa k pszgzeñhzwa, bmds kñ xsozó phzbmdxiz. Qt ózsizs xcebfw nstxió i ximuz, xk dmdhmq xsoó g, xizv oiiñqy mtscaz dmoxmami, kñ ai aitz xiódm”.

Origen de esta historia
Pieza desarrollada para el archivo web de Órbita y revisada por el equipo editorial.
Explorar la edición original →

