Desde pequeña, Natalia mostró afinidad por las matemáticas, los procesos y la idea de construir. Esa curiosidad evolucionó hacia la aeronáutica y hacia una pregunta más amplia: cómo funcionan los sistemas complejos.
Durante los primeros semestres, las materias básicas parecían lejanas a la práctica profesional que imaginaba. Esa percepción cambió en el Instituto de Ingeniería, donde encontró un espacio en el que el conocimiento se aplica, se cuestiona y se pone al servicio de problemas reales.
Elegí ser ingeniera para dejar un impacto positivo en la sociedad.
Transformar lo cercano
Natalia participa en un proyecto que analiza la viabilidad de integrar sistemas de transporte más sostenibles dentro de Ciudad Universitaria. Más allá del enfoque técnico, la investigación le mostró que la ingeniería implica responsabilidad social: cada decisión tecnológica afecta la vida cotidiana.
Trabajar para mejorar la movilidad de su propia comunidad dio otra dimensión a su formación. Aprender dejó de ser un objetivo aislado; ahora significa contribuir y participar, incluso desde una etapa temprana, en procesos capaces de generar cambios reales.
Ingeniería como ejercicio de comunidad
En el Instituto aprendió algo que rara vez se enseña explícitamente en el aula: la ingeniería no se construye en solitario. Se construye con preguntas, errores, propuestas y aprendizajes compartidos.
Como mujer en espacios científicos y tecnológicos, Natalia también ha vivido momentos en que sus ideas no fueron valoradas de la misma forma. Su preparación, su constancia y la comunidad entre compañeras se han convertido en herramientas para sostener su lugar y ampliar el camino para quienes vienen después.
Origen de esta historia
Pieza desarrollada para el archivo web de Órbita y revisada por el equipo editorial.
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