Con el acelerado paso de nuestra civilización, también se acrecienta la demanda de energía para impulsarla, un recurso esencial para nuestra supervivencia. A lo largo de nuestra historia, la ambiciosa mente de la humanidad ha buscado la manera de producir el "combustible" de nuestras ciudades de manera más eficiente y económica. Desde la producción de energía eléctrica con el paso del agua en una presa, hasta cuestiones más complejas como el uso de elementos radiactivos. La ciencia ha convertido lo invisible, en poder tangible.
Sin embargo, este último caso (la energía nuclear) ha sido injustamente satanizada por el amarillismo infundido por diversos medios de divulgación.
Cuando escuchas "energía nuclear", ¿piensas en ciencia avanzada o en catástrofes? ¿Y si te dijera que es de las fuentes más limpias, eficientes y seguras que tenemos? Pero primero, hay que entender cómo funciona.
La energía nuclear es aquella contenida en el núcleo de los átomos y se produce de dos maneras: fisión (la parte central del átomo se divide en partes más pequeñas) y fusión (dos núcleos se combinan para formar uno más grande).

Los reactores nucleares funcionan a partir de la fisión, normalmente con uranio 235, un isótopo obtenido a partir de enriquecer el uranio 238. Cuando un neutrón golpea el núcleo del uranio 235, este se divide y libera más neutrones, los cuales a su vez impactan más núcleos, generando una reacción en cadena. En el proceso se liberan cantidades enormes de calor y radiación.
Para aprovechar esa energía de manera segura, las centrales nucleares tienen que controlar la reacción cuidadosamente. Tal como se observa en la Figura 1, el aumento de la temperatura en el reactor provoca que el agua contenida genere vapor que impulsa unas turbinas. Este movimiento se traduce en energía eléctrica, con emisiones de carbono extremadamente bajas.
Una vez utilizado el vapor, se condensa, el agua se enfría y es devuelta a su medio natural, cerrando así el ciclo.
Pero, si se trata de una manera eficiente y relativamente sencilla, ¿por qué la palabra "nuclear" sigue evocando miedo a la sociedad? La respuesta está en los fantasmas del pasado: Chernóbil, Three Mile Island o Kyshtym. Sucesos donde la partícula, por más pequeña, demostró su poder tan devastador. Fueron eventos explotados por narrativas sensacionalistas. Sin embargo, estos accidentes no fueron fallas inherentes a la tecnología nuclear, sino consecuencias de la mano de la humanidad: falta de capacitación, diseños obsoletos y, sobre todo, la avaricia de gobiernos que prefirieron ahorrarse unas monedas sobre la seguridad.

Hoy, quienes satanizan a la energía nuclear suelen ignorar que las plantas modernas operan con protocolos rigurosos, y que, estadísticamente, es de las fuentes más limpias y seguras (aún si se compara con las energías "limpias", como la solar y la eólica). La estigmatización no es más que un reflejo de nuestra tendencia a temer lo que no comprendemos, alimentada por mitos mediáticos e intereses políticos.
Si comparamos objetivamente los riesgos de la energía nuclear con otras fuentes, la historia cambia radicalmente. Según datos recopilados por Our World in Data, corroborados por organismos como la OECD-NEA y el IPCC, la energía nuclear no solo tiene una de las tasas de mortalidad más bajas, sino que también genera emisiones de carbono sumamente reducidas.


Ahora bien, aún quedan por abordar dos criterios contundentes: costos y desechos de residuos radiactivos. Es evidente que aún tenemos una imagen errónea sobre la energía nuclear, estancada en la década de los 70's; el campo se ha expandido y evolucionado a pasos agigantados. Los reactores de IV generación son muestra de ello. Operan a temperaturas más altas y reemplazan el agua como refrigerante por alternativas como: plomo líquido, aleaciones de sodio, sales fundidas y agua supercrítica.

En cuanto a los residuos, el Consejo de Seguridad Nuclear los define como "cualquier material o producto de desecho, para el cual no está previsto ningún uso, que contiene o está contaminado con radionucleidos en concentraciones o niveles de actividad superiores a los establecidos". Se clasifican según su peligrosidad:
- Residuos de muy baja actividad (RBMA): decaimiento rápido (<5 años), presentes en el desmantelamiento de plantas nucleares.
- Residuos de baja y media actividad (RBMA): semidesintegración en menos de 30 años; se encuentran en equipos médicos y de laboratorio.
- Residuos de alta actividad (RAA): resultado del combustible irradiado; periodo de semidesintegración mayor a 30 años; se vitrifican y se sellan en bidones de hormigón, para ser enterrados hasta un kilómetro de profundidad (almacenamiento geológico).

Si hay un "Talón de Aquiles" de la energía nuclear, es el aspecto económico. Durante la década de 1970, países que habían apostado por esta tecnología, como Estados Unidos, Francia y Japón, se vieron obligados a cancelar la construcción de varias plantas nucleares, debido a que los costos finales se disparaban conforme se avanzaba en los proyectos. Un estudio del Departamento de Energía de los Estados Unidos (ODE) en 1980 encontró que casi un tercio de los gastos eran atribuidos a gastos indirectos, mientras que los componentes esenciales representaban entre el 15% y 20% del costo total.

Sin embargo, no todo es negativo en este rubro. Países como Corea del Sur y China han demostrado que es posible construir centrales nucleares sin sobrepasar drásticamente los presupuestos iniciales. Un ejemplo claro es el reactor Barakah (el primer reactor árabe) en los Emiratos Árabes Unidos, completado en 2023, cuyo costo final solo superó en un 25% lo presupuestado.
A pesar de estos avances, el miedo colectivo a los accidentes nucleares sigue siendo un obstáculo significativo. Este temor no solo frena la construcción de nuevas plantas, sino que también limita la inversión en tecnologías innovadoras que podrían marcar el inicio de la era nuclear.
Al analizar fríamente los datos, queda claro que la energía nuclear (como cualquier desarrollo humano) no es perfecta, pero sí insuperable en su balance entre eficiencia, seguridad e impacto ambiental. Hoy, cuando nuestra civilización exige energía limpia y constante, esta tecnología se revela no solo como la más confiable, sino como la única capaz de sostener el progreso sin sacrificar el planeta. Su potencial trasciende la Tierra: los motores nucleares para cohetes, actualmente en desarrollo, podrían reducir el viaje a Marte de meses a semanas, un hito en la exploración espacial.
La paradoja es evidente: mientras toleramos industrias con daños colaterales brutales, como los combustibles fósiles (4.5 millones de muertes anuales por contaminación, según la OMS) o las presas hidroeléctricas (el colapso de Banqiao en 1975 dejó 171,000 víctimas), exigimos a la industria nuclear estándares de perfección inalcanzables.
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